Biodescodificación y Esencias Florales

 

Ya Hipócrates afirmaba que “el cuerpo crea una enfermedad para curarse” y, evidentemente, debe ser de algo que necesariamente es peor que esa enfermedad,  de lo cual no tenemos conciencia y cuya solución de supervivencia está en esa respuesta biológica. Esta es la propuesta de la biodescodificación: la enfermedad es útil,  vital y con un sentido biológico.

En la historia moderna, la biodescodificación se inicia con el Dr. Hamer que tras la muerte de su hijo vio cómo su mujer desarrollaba un cáncer de ovario y él un cáncer de testículo. No podía tratarse de una simple casualidad y a través de la gestión y exteriorización de sus emociones curó su cáncer de testículo.

Después inició un trabajo de investigación con sus pacientes y encontró una relación entre sus síntomas y sus emociones. En las imágenes del escáner  descubrió una correspondencia entre el lugar del cerebro en que se reflejaba el órgano afectado, donde aparecía una mancha, y el propio órgano/tejido en que se manifestaba la enfermedad. Los síntomas se relacionaban con la función del órgano y con la capa embrionaria de la que derivaba el tejido correspondiente y el sentido que ésta última tenía en la evolución.

Otros investigadores y terapeutas en diferentes campos completarían posteriormente, en la práctica clínica,  las investigaciones de Hamer para dar forma a la actual metodología de la descodificación biológica de las enfermedades.

Básicamente, la biodescodificación viene a decir que en el origen de todo síntoma hay un bioshock, para el que no hubo una solución  satisfactoria y que programó una respuesta biológica ante la posible repetición futura de un evento semejante, para garantizar la supervivencia del individuo ante el stress generado. Ese “desencadenante” por la nueva vivencia, analógica al impacto original, es la enfermedad, que trata de impedir la repetición del drama experimentado en soledad en su génesis. Si somos capaces de hacer la lectura metafórica de los síntomas y generar en el paciente  un “resentir”, es decir, un volver a sentir consciente de lo experimentado en el bioshock, podemos conseguir la integración del proceso y el restablecimiento del equilibrio psico-biológico.

Por otro lado, Edward Bach, desarrolló una suerte de “psicoterapia medicamentosa”, a través de sus remedios florales,  con el objetivo de ayudar, con la fuerza de la Naturaleza y de una manera fácil, accesible y no invasiva, a generar en el ser humano la consciencia que le permita trascender los patrones que le alejan de su luz interior,  le impiden la verdadera felicidad, el bienestar, la armonía en sus relaciones con el mundo y el alcance de su propósito vital.

Bach entendía que el cuerpo era un verdadero mensajero del espíritu y que revelaba, con sus síntomas, los conflictos internos. Sintió que a través de la energía sutil expresada en las flores, como parte más elevada de la planta, el ser humano podía tomar conciencia de la simbología de esos síntomas y del desequilibrio emocional que representaban. De todos es sabido como en su labor médica usaba las esencias florales para ayudar a las personas a salir de sus enfermedades y a evolucionar, aprendiendo lo que éstas les mostraban y realizando cambios en sus actitudes ante la vida. Por tanto, podemos pensar que, en cierta medida, actuaba como un “descodificador” de los síntomas corporales para traducirlos en sus bloqueos emocionales originales y apoyar con las esencias en su consciencia, contactar con los recursos internos curativos y potenciar el cambio de actitud que consolidara el reequilibrio. Y eso es lo que también, en suma, realizan los protocolos de la biodescodificación.

De esta manera es que podemos pensar que la utilización de las esencias florales, en sus signaturas,  podría ser un canal útil para facilitar a la persona la concienciación del sentido de su enfermedad, encontrar el bioshock original y poder disolver los síntomas. Veamos un ejemplo al respecto:

  • Una mujer que presenta un eccema crónico en el pecho izquierdo, cuya hipótesis de biodescodificación es: “me siento separada del contacto con…” y, en este caso, al ser el pecho izquierdo, podemos pensar en la figura de los hijos. Le damos a tomar Chicory (que representa la búsqueda compulsiva y demandante de la cercanía de aquellos de quienes se preocupan, especialmente los hijos) y al pedir que conecte con sus conflictos de separación nos habla emocionada de la relación con su hijo adolescente, con el que mantiene un tira y afloja constante, que la hace sentir que se aleja de ella. El eccema viene a representar que como no siento el contacto con mi hijo, afino la piel para facilitarlo y cuando se realiza el encuentro, reparo y formo el eccema. Después le podríamos dar  Star of Bethlehem para encontrar el origen del bioshock en el trabajo en la línea del tiempo y hallar, por ejemplo,  un conflicto de separación con la madre durante el nacimiento. Con Crab Apple (regeneración de la piel) y Walnut (desapego y cambio), más las anteriores, tomadas durante un tiempo realizamos la integración y liberación del conflicto y el eccema terminaría por desaparecer.

Vemos aquí la utilidad de combinar ambas terapéuticas en un proceso creativo que acelere la respuesta consciente y curativa del paciente y como, cuando abrimos nuestra mente y nuestro corazón a nuevas posibilidades, crecemos en sabiduría. Te invito, pues, a ser creativo con lo que crees que sabes.

Juan José Hervás Martín

Terapeuta Holístico y Transpersonal

Centro Ailim

www.ailim.es

 

PROYECTO SENTIDO Y PROYECTO DE VIDA

 

La sabiduría china coloca el inicio de la existencia no en el nacimiento ni en la concepción, sino tres meses antes de ésta. Probablemente, todo lo que se sitúe en la esfera inconsciente familiar durante ese periodo previo a la concepción, ejercerá su impronta en la primera célula, que hoy sabemos que posee una conciencia en ciernes. Así, algunos vendrán al mundo para obedecer a su madre, otros para darle gusto a papá, otros para disfrutar de la vida… según haya sido la transcripción de esos fuertes deseos parentales.

Marc Fréchet, psico-oncólogo francés,  tuvo la intuición de que cuando somos concebidos ya hay algo programado. Decía que el bebé es, en este momento, un brote, pero que incluso antes de ser un brote ya era un proyecto, una idea pre-concebida que emergía con fuerza. A partir del hecho de concebir, consecuencia de una fusión celular, el sujeto sería la materialización biológica y casi un símbolo de ese “dos que son uno”. El bebé es imaginado antes de ser percibido, hablado antes de ser escuchado.

Descubrió esta noción de proyecto sentido gracias a su propia historia. Fue concebido al final de la 2ª Guerra Mundial, en 1945. Su madre tenía que ser juzgada y encarcelada por ciertos hechos poco claros acontecidos durante la guerra. Los padres de Fréchet pensaron que si ella estaba embarazada el jurado sería indulgente y las condiciones en la prisión mejores. Así que se le concibió  con esa idea, pasando los 9 meses de su vida fetal y los 9 primeros meses de recién nacido en prisión.

Este clima condicionó su vida entera. Su madre lo había tenido porque lo necesitaba, para que su vida fuera más confortable, para librarse del encierro,  pero no en un acto de amor y deseo real. Durante sus primeros meses de vida,  Fréchet estuvo rodeado de mujeres que se ocupaban de él, excepto su madre. Así,  en su vida, siempre estuvo rodeado y, al tiempo,  solo.

A su consulta casi sólo acudían mujeres y conseguía un 100% de éxito en la curación de las que padecían esclerosis en placas. Y la esclerosis múltiple, como la cárcel, es la amenaza de la inmovilidad, de la pérdida de libertad, de la dependencia,  del quedar “atrapado” en el cuerpo. Él cumplía fielmente el proyecto de “liberar a su madre de su prisión” con cada mujer que ayudaba a sanar.

Durante una terapia, la anamnesis a veces saca a la luz que el sujeto no era deseado por sí mismo, sino en función de una misión que ya se le había asignado inconscientemente, marcada con el hierro de los proyectos o conflictos de sus padres. Esto es lo que llamamos el “proyecto sentido”, a veces riqueza y, con frecuencia, cadena de la que puede ser necesario liberarse para encontrar nuestra auténtica identidad y sanar de síntomas resistentes.

En el proyecto sentido estamos en la articulación entre nuestra historia y la historia transgeneracional. Los padres nos conciben en un momento determinado de su  trayectoria y nosotros somos la solución a algo que ocurrió.

Incluso el hecho de ser concebidos corresponde a un proyecto inconsciente de los padres. El acto sexual nunca basta para explicar una concepción. La fertilidad es manejada por el deseo inconsciente, lo que explica que determinadas parejas quieran concebir y no puedan y otras que no quieren se queden embarazadas. Hay algo más fuerte que el deseo consciente y es el deseo inconsciente.

La determinación que, en nosotros,  causan los proyectos de nuestros padres,  puede ser una suerte, cuando lo que se transmite son soluciones ganadoras, soluciones de supervivencia. Pero también podemos heredar un recuerdo, una historia, secretos de familia, una solución a un conflicto… Y todo esto será, en cierta medida, limitante para nosotros puesto que seguramente estará poco adaptado a nuestro momento vital, incluso aunque fuera un valor, una creencia favorable en su origen. También cada uno de nuestros padres puede tener una petición distinta para nosotros, proyectos que se pueden contradecir entre sí y que hagan que vivamos nuestra vida así, llena de conflictos y contradicciones. Igual, la multitud de proyectos que puedan existir en cada progenitor complejizarán todavía más la historia. Y todo ello se verá reforzado con las cosas que pasen en la vida fetal, el nacimiento y la biografía infantil, para expresar, después, a lo largo de la vida adulta, el proyecto sentido parental en nuestras acciones, trabajo, relaciones, salud e, incluso, en la sexualidad, sin saber que no es nuestro propio programa vital, que seguramente hemos sepultado en el olvido. Sólo nos damos cuenta de que no somos del todo felices, que no parece que estemos realizando lo que quisiéramos, aunque no podamos evitar actuar de otra manera. De hecho, sentimos que debemos hacerlo así, aunque no tenga sentido para nosotros, porque de otra forma aparece la culpa y el dolor.

Pongamos otro ejemplo respecto al proyecto sentido parental: una mujer quería un hijo, pero su marido se negaba. La mujer se marchó, se fue a buscar otro hombre. Engañó durante tres meses a su marido, a quien aquello hacía sufrir mucho. Entonces él le dijo: “de acuerdo, tendremos un hijo, pero vuelve, porque te quiero”. La mujer aceptó y tuvieron un hijo. El proyecto sentido que el marido transmitió en su semen era: “yo habría deseado tanto que no hubiera movimiento, ni separación”. Y el niño que nació era paralítico.

Hay que distinguir muy bien la intención positiva del medio de alcanzarla. Esta es la única problemática. Para aquel hombre, la intención era que no hubiera movimiento, porque movimiento era igual a tristeza, sufrimiento y depresión. Esa era su intención positiva, aunque el medio fuera desafortunado, ya que aquel niño nunca llegó a andar.

Otra situación puede ser con respecto a los nombres de pila. Si nuestra madre nos pone el nombre de una heroína de una novela que lee, tal vez nuestra vida se parezca a la de esa heroína, porque, a través de ella, nuestra madre repara algo. O si llevamos un nombre compuesto, en el que una parte es la de uno de los progenitores y otra el nombre de un hermano u otro familiar, quizás actuemos como mediadores de los conflictos de separación, para trazar un lazo de unión entre esas dos personas que representan cada uno de los nombres. También cuando nos ponen el nombre de un familiar fallecido para ser el sustituto de esa relación perdida. Y lo que complica las cosas es que los padres suelen desconocer para qué nos concibieron, incluso aunque tomen esas decisiones lo harán desde la inconsciencia, creyendo que hay otras razones, como que, sencillamente,  les gusta ese nombre.

Dos claves, pues, para identificar el proyecto sentido van a ser la toma de conciencia de lo que ocurrió en la historia de los padres durante los nueve meses antes de la concepción y, también, el nombre de pila.

Hay un proyecto sentido que está ahí. Una vez que tomamos conciencia de él, somos libres tanto para conservarlo como para eliminarlo. Al trabajar en ello, liberamos una estructura que ha condicionado nuestra vida -incluso el sexo con el que nacemos- y después podemos ejercer el libre albedrío de una manera real, consciente y coherente. A veces una persona quiere cambiar de profesión y lo que realmente sucede es que está tratando de salir del proyecto parental y, cuando no lo consigue, es indicativo de que aquel es muy fuerte.

Cuando andamos en búsqueda de nuestro sentido de vida; cuando tenemos la impresión de que lo que estamos viviendo no es lo que deberíamos vivir; cuando nos sentimos obligados a vivir algo sin quererlo; cuando estamos bloqueados por mucha terapia o trabajo personal realizado, tal vez sea tiempo de abordar la influencia del proyecto sentido parental. Pocas veces conducimos “nuestro coche” conscientemente, con frecuencia somos los pasajeros de nuestra propia vida. El que lleva el volante es nuestro inconsciente. El trabajo terapéutico con el proyecto sentido parental nos permitirá comprender quién pilota el coche, para después poder recuperar los mandos.

Una vez que se ha soltado el proyecto parental, será preciso encontrar el propio programa que creamos para nuestra vida, para estructurarnos sobre él, si no fuera así estaríamos perdidos, pues si hay algo peor que cargar el proyecto parental es ser “un cascarón vacío”.

Todos hemos venido con un propósito,  con unas líneas maestras sobre aquello que aprender y conocerlo es básico para dejar de repetir lecciones pasadas incompletas y crecer espiritualmente, desde el merecimiento, la fuerza vital y  de autocuración para, por fin, fluir felices en la vida.

 

Juan José Hervás Martín

Terapeuta y formador holístico y transpersonal

Centro Ailim

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